Decir que en nuestro medio la palabra es un bien devaluado no es ninguna novedad. La duda sobre lo que se dice se hace evidente a cada instante y en circunstancias diversas: en aquella frase aparentemente inofensiva y siempre a flor de labios -“¿no me estás mintiendo?”-, en la voluminosa documentación solicitada para efectuar un trámite, e incluso, en el colmo de lo absurdo, en la exigencia de tener que probar nuestra identificación para pagar deudas propias.
Todo lo anterior se origina en una de las expresiones más dañinas de nuestra peculiar idiosincrasia: la desconfianza. Somos un país que vive en un estado de permanente suspicacia y que demanda evidencias hasta el hartazgo para dar algo por sentado, lo que explica entre otras cosas la frondosa y no siempre eficiente burocracia que crece al cobijo de este seudo rigor.
Como queda claro, la falta de credibilidad en la palabra entorpece, encarece y arruina relaciones o sistemas de relaciones que de otro modo serían eficaces, más satisfactorios y por supuesto menos corruptibles. Otra es la realidad de sociedades avanzadas donde la palabra y la fe en lo que se dice constituyen la base de la convivencia colectiva y donde la mentira puede llegar a ser un delito severamente castigado.
Sin embargo, pese a lo arduo que resulta en nuestra cultura distinguir el valor de la palabra, ciertas situaciones llevan a pensar que aún es posible seguir dando batalla por esta causa. Quisiera referirme en ese sentido a un acuerdo que logramos recientemente con El Comercio para que los alumnos de nuestra facultad accedan a las becas de verano que ofrece dicho diario. Destaco esta experiencia porque considero que una de sus mayores virtudes fue, precisamente, su carácter verbal, sin documentos de por medio y con respeto compartido por la responsabilidad adquirida.
Durante la visita que hiciera a nuestra universidad el señor Francisco Miró Quesada en abril pasado, le manifesté mi interés en que nuestros estudiantes tentaran las pasantías del diario que dirige. De inmediato llamó a su prima Silvia, también de visita en Cajamarca con ocasión de la audiencia regional promovida por El Comercio, y le pidió que tratásemos el tema. Al día siguiente, durante una charla cordial en la que Silvia me advirtió que no firmaríamos ningún documento, acordamos el número de vacantes al que tendríamos acceso y los requisitos que debían reunir los postulantes. Eso fue todo.
Retomamos la comunicación siete meses después, en noviembre, para confirmar que todo seguía en pie. Diré para concluir que el corolario de esta negociación sencilla, fundada en la confianza y en la palabra, es tener a dos de nuestros egresados ensanchando sus horizontes periodísticos desde el diario más importante del país. Una razón para renovar nuestra convicción en la palabra y perseverar en lo que sea necesario a fin de ponerla en valor.