La revelación de las acciones de espionaje
por parte del suboficial FAP Víctor
Ariza suma una nueva crisis al abultado inventario
de desavenencias de todo calibre entre el Perú y
Chile. La secuela de altisonantes intercambios
verbales que este episodio suscita de uno y
otro lado muestra la forma en que una absurda
inquina histórica puede desencadenar
una espiral de bravuconadas que exacerban al
límite a dos naciones que podrían
ganar mucho con una convivencia pacífica.
Entre ambos países existen vínculos
de interdependencia que son innecesariamente
petardeados cada cierto tiempo. Desde hace
años, por ejemplo, Chile carece de las
reservas energéticas que el Perú podría
suministrarle a cambio de transferencia de know
how e inversiones en sectores en los que
el país sureño ha desarrollado
competencias, tal el caso de carreteras y puertos.
Esto resultará ingenuo para muchos y
tal vez sea así. Sin embargo, la experiencia
demuestra que las necesidades conducen tarde
o temprano a establecer acuerdos que pueden
ser eficaces neutralizadores de la beligerancia.
Lo que no podemos tolerar, en todo caso, es convivir bajo la amenaza permanente
de la conflagración. Desde hace siglo y medio chilenos y peruanos atizamos
mutuamente rencores fundados en un nacionalismo del que sólo saca partido
el oportunismo organizado y que podría destinarse a causas más
plausibles.
Desterremos el doble discurso. Si existen empresas y particulares que impulsan
la integración económica, que en otras esferas las cosas no devengan
por quítame estas pajas en cuestiones de Estado. El Perú tiene
en la coherencia el mayor disuasivo a cualquier proyecto expansionista, si realmente
existiera.